133. El extraño -caso- de Kathy

El Caso de Kathy:

—Kathy era la persona más aterrorizada que he conocido. Cuando entré en su habitación por primera vez, estaba sentada en el suelo, en un rincón, entonando algo que parecía un cántico. Levantó los ojos y me miró mientras yo permanecía junto a la puerta; los ojos se le agrandaron por el terror. Se puso a gemir y empujó violentamente su cuerpo contra las paredes del rincón como si quisiera pasar a través de ellas.

—Entonces le dije:
—Kathy, yo soy psiquiatra y no voy a hacerle daño.


—Tomé una silla, me senté a cierta distancia de la paciente y espere. Durante otro minuto, Kathy continuó empujando su cuerpo contra el rincón. Luego fue distendiéndose, pero sólo para empezar a llorar desconsoladamente. Al cabo de un rato dejó de llorar y comenzó de nuevo a cantar para sí misma. Le pregunté qué la atormentaba.

«Me voy a morir» —soltó abruptamente, casi sin interrumpir la cadencia de su canto.

—No me dijo nada más y continuó cantando. Más o menos cada cinco minutos se detenía, aparentemente agotada, sollozaba un rato y luego reanudaba su canto. A cualquier pregunta que yo le formulaba ella sólo respondía:

«Me voy a morir»

—Pero en ningún momento interrumpía el ritmo del canturreo; tal vez pensaba que podría impedir su muerte con ese canto y que por esa razón no podía permitirse descansar ni dormir.

—Su marido, Howard, un joven policía, me informó escuetamente sobre los hechos.
Kathy tenía veinte años y se había casado hacía dos. No había problemas en el matrimonio.

—Aunque Kathy estaba muy apegada a sus padres, nunca había tenido antes ningún problema psiquiátrico. La situación en la que se encontraba había sido una completa sorpresa.

—Aquella mañana había estado perfectamente bien, había llevado a su marido en coche al trabajo y dos horas después, Howard recibía una llamada de su hermana. Ésta había ido a visitar a Kathy y la había encontrado en ese estado, así que la llevaron inmediatamente al hospital.

—Últimamente no se había comportado de manera extraña, excepto tal vez en un punto. Desde hacía unos cuatro meses parecía tener miedo de frecuentar lugares públicos. Para ayudarla, Howard había hecho todas las compras en el supermercado, mientras ella esperaba en el coche, pero Kathy también parecía tener miedo de quedarse sola.

—Rezaba mucho… pero esto siempre lo había hecho desde que él la conocía. La familia de Kathy era muy religiosa. Su madre iba a misa por lo menos dos veces a la semana y lo curioso era que Kathy había dejado de ir a misa apenas se habían casado, por complacerlo a él, pero continuaba rezando mucho.

—¿Su salud física? Oh, era excelente. Nunca había sido internada en un hospital. Se había desmayado una vez, en una boda, años atrás.

—¿Anticonceptivos? Kathy tomaba la píldora.
Hacía aproximadamente un mes le había dicho a su marido que dejaría de tomarla porque había leído que era peligrosa, o algo por el estilo; no le había prestado mucha atención.

—Di a Kathy dosis elevadas de tranquilizantes y sedantes para que pudiera dormir por las noches; sin embargo, en los dos días siguientes, su conducta no sufrió cambio alguno: incesante canturreo e incapacidad para comunicar cualquier cosa que no fuera su muerte inminente y su irreprimible terror.

—Por ultimo, el cuarto día, le puse una inyección intravenosa de amobarbital. Esta inyección la dejará soñolienta, —Kathy —le dije—, pero no se quedará dormida ni se morirá. La inyección hará que usted pueda dejar de cantar, se sentirá muy relajada y podrá hablar conmigo.

—Quiero que me diga lo que ocurrió aquella mañana en que fue al hospital.
«No ocurrió nada» —me respondió Kathy.

—¿Llevó usted a su marido al trabajo?
«Sí. Y luego volví en el coche a casa. Entonces supe que iba a morirme»

—¿Volvió a su casa, igual que todas las mañanas después de llevar a su marido al trabajo?
—Kathy comenzó a cantar de nuevo.
—Deje de cantar, Kathy —le ordené—. Usted está aquí completamente segura. Se siente muy relajada. Pero aquella mañana ocurrió algo diferente de lo habitual y usted va a decirme qué fue.

«Tomé un camino diferente»
—¿Por qué lo hizo?
«Tomé el camino que pasa por la casa de Bill»
—¿Quién es Bill? —le pregunte.

—Kathy comenzó a cantar una vez más.
—¿Bill es un amigo suyo?

«Si, era mi amigo antes de que me casara»
—Usted echa mucho de menos a Bill, ¿no es cierto?

—Kathy sollozó y exclamó:
«Oh, Dios mío, me voy a morir»
—¿Vio a Bill aquel día?

«No»
—Pero usted deseaba verlo.
«Me voy a morir» —replicó Kathy.

—¿Tiene usted la impresión de que Dios la castigará por desear ver a Bill de nuevo?
«Si»
—¿Por eso cree usted que va a morirse?—Una vez más, Kathy se puso a cantar.
—Dejé que lo hiciera durante diez minutos, mientras yo reflexionaba.

—Por fin le dije:
—Kathy, usted cree que va a morirse porque supone que conoce los pensamientos de Dios, pero está equivocada porque usted no los conoce. Todo lo que sabe es lo que le han dicho sobre Dios, y buena parte de lo que le han dicho es falso. Yo no sé todo lo que se refiere a Él, pero se más que usted y más que las personas que le hablaron de El. Por ejemplo, todos los días veo a hombres y mujeres, como usted misma, que desean ser infieles, y algunas de esas personas lo son y sin embargo, Dios no las castiga. Lo sé porque siempre vienen a verme, hablan conmigo y se quedan más tranquilas, como le ocurrirá a usted.

—Hemos de trabajar juntos y usted se dará cuenta de que no es una mala persona. Se enterará de la verdad sobre usted misma y sobre Dios. Y entonces será más optimista consigo misma y con la vida. Pero ahora va a dormirse, y cuando se despierte ya no tendrá miedo de morirse. Cuando vuelva a verla mañana, podrá hablar conmigo sobre Dios y sobre usted.

—A la mañana siguiente, Kathy estaba mejor. Se encontraba todavía algo atemorizada y no estaba del todo convencida de que no iba a morir. Lentamente, aquel día y muchos otros que siguieron, comenzó a surgir toda su historia punto por punto.

—En el último año de la escuela secundaría, había mantenido relaciones sexuales con Howard. Él quería casarse con ella y Kathy estuvo de acuerdo. Dos semanas después, cuando asistían a la boda de un amigo, Kathy pensó de pronto que no deseaba casarse y se desvaneció. Posteriormente, se sintió confusa porque no sabía si amaba a Howard. Pero pensaba que era preciso casarse porque «ya había pecado» al tener relaciones prematrimoniales con su novio, y ese pecado sería enorme si no legalizaba su relación con el matrimonio. Tampoco deseaba tener hijos todavía, por lo menos hasta estar segura de su amor por Howard. Entonces empezó a tomar anticonceptivos: «otro pecado».

—No se sentía con fuerzas para confesar estos pecados y decidió dejar de ir a misa después de su matrimonio. Disfrutaba del sexo con Howard, pero, casi a partir del mismo día de la boda, él perdió interés sexual por ella. Continuó siendo un marido atento que le hacía regalos, la trataba con deferencia, trabajaba muchas horas extraordinarias y no permitía que ella trabajara. Pero Kathy casi le rogaba que tuviesen relaciones sexuales, y disfrutar, más o menos cada quince días de estas relaciones, era todo lo que tenía para aliviar su irremisible aburrimiento. La idea del divorcio estaba excluida; eso era pecado, era inconcebible.

—A su pesar, Kathy empezó a tener fantasías de infidelidad sexual. Pensó que tal vez podría librarse de ellas si rezaba más y entonces comenzó a rezar de manera ritual, cinco minutos cada hora. Howard lo advirtió y bromeó sobre ello. A partir de este incidente, decidió ocultarle que rezaba cuando él no estaba en casa para compensar los momentos en que no lo hacía cuando Howard estaba allí. Esto significaba que Kathy debía rezar más a menudo o más rápidamente. Decidió hacer ambas cosas. Rezaba cada media hora y durante los cinco minutos de oración duplicaba la velocidad.

—Sin embargo, continuaban las fantasías de infidelidad, que eran cada vez más frecuentes e insistentes. Cuando salía a la calle miraba a los hombres. Esto empeoró las cosas. Tuvo miedo de salir sin Howard y, aun cuando estaba con él, temía los lugares públicos en los que podría ver hombres. Pensó que tal vez debería volver a la iglesia, pero luego se dio cuenta de que si no se lo confesaba todo al sacerdote, incluidas sus fantasías de infidelidad, estaría pecando, y no se sentía capaz de semejante confesión.

—Volvió a redoblar la velocidad de su oración. Para facilitarlo, desarrolló un complicado sistema en el que una sola sílaba cantada representaba toda una oración. Éste era el origen de su canturreo. En un rato podía cantar así un millar de oraciones. Al principio, mientras estuvo ocupada perfeccionando su sistema de canto, parecían disminuir las fantasías de infidelidad, pero una vez que el sistema estuvo bien establecido, las fantasías volvieron con toda su fuerza y empezó a considerar el modo de hacerlas realidad. Pensó en visitar a Bill, su viejo amigo. Pensó en los bares que podría frecuentar por las tardes. Horrorizada ante estos pensamientos, dejó de tomar las píldoras anticonceptivas, con la esperanza de que el miedo a quedar embarazada la ayudaría a vencer sus tentaciones. Pero el deseo se hacia cada vez más violento.

—Una tarde se sorprendió de haber empezado a masturbarse. Se quedó aterrada; «éste era quizás el peor de todos los pecados». Había oído hablar de las duchas frías para vencerlo y tomó una ducha lo más fría que pudo. Esto la calmó hasta que Howard regresó a la casa, pero al día siguiente todo comenzó de nuevo.

—Por último, aquella mañana cedió. Después de llevar a Howard al trabajo, se fue directamente a casa de Bill. Aparcó el coche frente a la casa y esperó. No pasaba nada. Parecía que no hubiera nadie. Bajó del coche y se quedó apoyada contra él en actitud seductora.

—Rogaba en silencio:
«Ojala me vea Bill, ojala se dé cuenta de que estoy aquí». —Pero no ocurría nada.
«Que me vea alguien, cualquiera. Con cualquiera deseo tener relaciones sexuales»
«Oh, Dios mío, soy una puta. Soy la ramera de Babilonia»
«Dios mío, mátame, merezco morir»

—Entonces subió de nuevo al coche y regresó deprisa a su casa. Cogió una hoja de afeitar, dispuesta a cortarse las venas. —No pudo hacerlo. Pero Dios si podía. Dios lo haría. Dios le daría el castigo que merecía. El pondría fin a todo aquello y a ella misma.

«Dios mío, cuánto miedo tengo, por favor, apresúrate, tengo mucho miedo»
—Y empezó a cantar mientras esperaba. Y así fue como la encontró su cuñada.

∗ Toda esta historia salió a la luz después de meses de penoso trabajo.
—Gran parte del trabajo se concentró en la cuestión del pecado. ¿Dónde había aprendido que la masturbación es un pecado? ¿Quién le había dicho que era un pecado? ¿Cómo sabía la persona que se lo había dicho, que eso era un pecado? ¿Qué hacía que la masturbación fuera un pecado? ¿Por qué es un pecado la infidelidad? ¿Qué determina que algo sea un pecado?

—No conozco ninguna profesión más apasionante y privilegiada que la de practicar psicoterapia, aunque a veces puede llegar a ser casi tediosa, cuando se impone cuestionar las actitudes de toda la vida de un paciente, una por una. A veces este cuestionamiento logra por lo menos un éxito parcial, aun antes de salir a la luz toda la historia.

—Por ejemplo, Kathy pudo hablarme de muchos de estos detalles, como sus fantasías y su tentación de masturbarse, sólo después de haber comenzado a cuestionar la validez de su culpabilidad y de sus presuntos pecados. Al plantear estas cuestiones también fue necesario considerar la validez de la autoridad y sabiduría de toda la Iglesia católica, por lo menos en la forma que Kathy las había experimentado. No es fácil rebelarse contra la Iglesia católica.

—Ella pudo hacerlo, sólo porque contaba con la fuerza de mi alianza, porque poco a poco llegó a sentir que yo estaba realmente de su parte, que me interesaba de corazón su suerte y que no iba a dejarla en aquella mala situación. Esta «alianza terapéutica», como la que poco a poco elaboramos Kathy y yo, es un requisito previo para el éxito de cualquier psicoterapia.

—Parte de este trabajo se llevó a cabo fuera del hospital. Kathy había sido dada de alta una semana después de aquella entrevista en que le administré un barbitúrico intravenoso. Pero sólo después de cuatro meses de terapia intensiva logró decir con respecto a sus ideas de pecado: «Supongo que la Iglesia católica me engatuso».

—Aquí comenzó una nueva fase de la terapia en la que consideramos cómo pudo haber ocurrido todo aquello, por qué Kathy se había dejado engañar por completo, por qué no había sido capaz de pensar más por sí misma y de desafiar los conceptos tradicionales de la Iglesia.

«Mamá me dijo que no debía cuestionar a la Iglesia» —repetía Kathy.

—Entonces comenzamos a trabajar sobre las relaciones de Kathy con sus padres.
—Con el padre no había relación alguna. No era alguien con el que uno pudiera relacionarse. El padre trabajaba, esto era todo lo que hacía, trabajaba y trabajaba y cuando llegaba a la casa lo hacía para adormecerse en su sillón con su cerveza, salvo los viernes por la noche, que tomaba la cerveza fuera de casa.

—La madre dirigía a la familia. Lo hacía sola, sin que nadie la desafiara, la contradijera o se le opusiera; lo gobernaba todo. Era dulce, pero firme; daba pero nunca cedía. Era tranquila e implacable.

«No debes hacer eso, querida. Las chicas buenas no hacen eso. No debes usar esos zapatos, querida. Las chicas que pertenecen a casas decentes no usan esa clase de zapatos. No se trata de que desees ir a misa o no, querida. El Señor desea que vayas a misa».

—Gradualmente, Kathy llegó a vislumbrar que detrás del poder de la Iglesia católica estaba el enorme poder de la madre, una persona muy apacible, pero tan dominante que resultaba inconcebible contradecirla.

∗Rara vez las cosas resultan fáciles en psicoterapia.
—Seis meses después de haber abandonado el hospital, Howard me llamó un domingo por la mañana para decirme que Kathy se había encerrado en el cuarto de baño de su apartamento y que se había puesto a canturrear de nuevo. Siguiendo mis instrucciones, Howard la persuadió para que regresara al hospital, donde me encontré con ella.

—Kathy estaba casi tan aterrorizada como el primer día que la ví y Howard no tenía la menor idea de cuál era la causa.

Conduje a Kathy a su habitación.
—Deje de cantar —le ordené—
Dígame qué ocurre.
«No puedo…»
—Sí que puede, Kathy.

Haciendo un esfuerzo de respiración para no interrumpir su canturreo, me dijo:
«Tal vez pueda si usted me da otra vez aquel remedio»
—No, Kathy —repliqué—. Esta vez será usted suficientemente fuerte para hacerlo por sí misma.

—Se puso a sollozar. Luego se quedó mirándome y reanudó su canturreo. Pero me pareció descubrir furia en su mirada.

—Está enfadada conmigo —dije.
«Kathy negó con la cabeza mientras continuaba cantando»
—Kathy —dije—, puede haber una docena de razones por las que usted esté enfadada conmigo, pero no sabré cuál es, si usted no me la dice. Usted puede decírmela y todo irá bien.

«Voy a morirme» —se quejó.
—No, Kathy. Usted no se va a morir porque esté enfadada conmigo. Yo no voy a matarla porque esté enfadada conmigo. Quizás tenga razón al estar enfadada conmigo.

«Mis días no son largos» —se lamentó Kathy— «Mis días no son largos»

—Aquellas palabras me parecieron extrañas. No eran las que yo esperaba oír. No parecían naturales. Pero no estaba seguro sobre lo que debía decirle.

—Kathy, yo la quiero —le dije—. La quiero, aunque usted me odie. Esto es amor. ¿Cómo podría yo castigarla, si mi amor es más fuerte que su odio?

«No es a usted a quien odio» —murmuró sollozando.
—De pronto comprendí.
—Tus días no son largos. No son largos en esta tierra.
¿No es eso, Kathy? Honra a tu padre y a tu madre para que tus días sean largos en esta tierra.
El Cuarto Mandamiento. Hónralos o muere, esto es lo que ha ocurrido, ¿no es así?

«La odio» —murmuró Kathy, y luego, en voz alta, como si la animara el sonido de su propia voz, repitió las terribles palabras—:

«La odio. Odio a mi madre. La odio.
Nunca me dio… nunca me dio…
Nunca dejó que fuera yo misma.
Me hizo a su imagen.
Me hizo, me hizo, me hizo.
Nunca me dejó ser yo misma»

—En realidad, la terapia de Kathy estaba todavía en sus fases iniciales.
El verdadero terror que sentía día tras día todavía estaba presente. El terror de ser realmente ella misma.

—Al reconocer que su madre la había dominado por completo, Kathy tuvo que afrontar el interrogante de por qué había permitido que sucediera. Al rechazar el dominio de su madre, Kathy debía establecer sus propios valores y tomar sus propias decisiones, lo cual le imponía mucho temor. Era más seguro dejar que su madre tomara las decisiones; mucho más sencillo adoptar sus valores y los de la Iglesia. Dirigir ella misma su propia existencia requería mucho más trabajo.

—Más adelante diría:
«Fíjese, por nada del mundo me cambiaría por la persona que era antes y, sin embargo, a veces añoro aquellos días. Mi vida era más fácil entonces. Por lo menos, en cierto modo».

—Al comportarse con mayor independencia, Kathy le reprochó a Howard su fracaso como amante y él prometió cambiar, pese a lo cual no ocurrió nada. Kathy lo azuzaba y Howard empezó a sufrir ataques de angustia. Cuando vino a verme a causa de esos ataques, lo mandé a otro psicoterapeuta para que lo tratara. Howard empezó a afrontar ciertos sentimientos homosexuales profundamente arraigados, contra los cuales se había defendido casándose con Kathy. Como era una muchacha físicamente muy atractiva, la había considerado una «verdadera presa», un buen botín cuya conquista le demostraría a sí mismo y al mundo su virilidad.

—Tras reconocer esta situación, Howard y Kathy convinieron en divorciarse en términos amistosos. Kathy fue a trabajar como vendedora a una gran tienda de moda. Poco a poco adquirió mayor confianza y seguridad en sí misma. Salió con muchos hombres, con vistas a contraer un nuevo matrimonio y a ser madre, pero por el momento se limitaba a gozar de su trabajo. Llegó a ser ayudante de compras en la tienda. Cuando ya había concluido la terapia, fue ascendida a jefe de compras y, según me enteré después, trabajaba en otra firma más importante, desempeñando las mismas funciones.

—A los veintisiete años, Kathy se sentía perfectamente satisfecha. Ya no iba a la iglesia, ni se consideraba católica. Ni siquiera sabía si creía en Dios o no, pero reconocía que la cuestión de Dios no le parecía importante en aquel momento de su vida.

– – – – –

→He descrito el caso de Kathy con ciertos detalles, precisamente porque es un ejemplo típico de la relación entre educación religiosa y psicopatología. Hay millones de Kathys. Yo solía decir en broma que la Iglesia católica me proporcionaba el suficiente material para asegurarme el sustento como psiquiatra. Podría haberlo dicho igualmente de la Iglesia bautista, de la Iglesia luterana, de la Iglesia presbiteriana o de cualquier otra. Por supuesto, la Iglesia no era la única causa de la neurosis de Kathy. En cierto sentido, la Iglesia era sólo un instrumento que usaba la madre de Kathy para cimentar y aumentar su excesiva autoridad.

Con razón podríamos decir que la naturaleza dominante de la madre, favorecida por un padre ausente, era la causa fundamental de la neurosis y también, en este sentido, el caso de Kathy era típico. No obstante, la Iglesia también comparte la culpa. Ninguna monja de la escuela parroquial a la que asistía Kathy y ningún sacerdote de sus clases de catecismo la alentó para analizar razonablemente la doctrina religiosa, ni para que pensara por sí misma. La Iglesia nunca manifestó preocupación alguna por el hecho de que su doctrina pudiera enseñarse con excesiva rigidez, con criterio irreal o sujeta al abuso y a la mala aplicación.

Una manera de exponer el problema de Kathy sería decir que mientras, por un lado, ella creía de todo corazón en Dios, en los mandamientos y en el concepto del pecado, su religión y su concepción del mundo eran sistemas prefabricados que no se adaptaban a las necesidades de la paciente. El error de Kathy había sido no cuestionarse nada, no exigir explicaciones a nadie y no pensar por sí misma. Sin embargo, la Iglesia a la que pertenecía Kathy —y esto también es típico, no hizo el menor esfuerzo por ayudarla a elaborar una religión personal más apropiada para ella. Parece que en general, las religiones tienden a exhibir la versión más rígida de sus doctrinas.

Como el caso de Kathy es tan común, muchos psiquiatras y psicoterapeutas consideran que la religión es el -enemigo-, llegando incluso a concebirla como una neurosis, como un conjunto de ideas irracionales que sirven para aprisionar las mentes y oprimir los instintos que conducen al desarrollo mental.

 →Freud, un racionalista y hombre de ciencia por excelencia, parecía ver las cosas más o menos de esta forma y, dado que es la figura más influyente en la psiquiatría moderna (por muchas y buenas razones), sus actitudes han contribuido a afianzar el concepto de religión como neurosis.

 →Realmente, resulta tentador para los psiquiatras sentirse como caballeros de la ciencia moderna, enzarzados en un noble combate contra las fuerzas destructoras de la superstición religiosa y del dogma irracional y opresor y ciertamente, deben dedicar mucho tiempo y esfuerzo a la lucha por liberar la psique de sus pacientes de ideas religiosas anticuadas y de conceptos claramente destructivos.

Artista-Kristin Vestgard

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