La Tristeza

-La tristeza- es el abandono emocional sentido
cuando nuestras expectativas y deseos sufren una decepción.

La tensión de la espera se desvanece y la tristeza duele porque supone separarnos de aquello a lo cual nos apegábamos, sea un beso de buenas noches, una medalla de oro o un romance, y convivir con la pérdida.

Todos conocemos las señales de tristeza: ojos cansados, cara larga, espalda inclinada, hombros caídos, brazos colgantes, pies que se arrastran y voz lánguida.

— La tristeza es una especie de marchitamiento —

Como es de suponer, luchamos contra la tristeza con todas nuestras fuerzas. Deseamos la felicidad, y su búsqueda es un derecho inalienable, una obsesión universal. Creemos que la forma obvia de ser felices, de poseer el encanto y la chispa de la felicidad, es evitar la tristeza.

Sin embargo, lo cierto es lo contrario. El verdadero gozo es posible sólo mediante la aceptación de la tristeza inevitable, pues ésta es la reacción sana ante el fracaso de expectativas, algo ineludible en la vida.

Deseamos que las cosas permanezcan siempre igual, pero la vida es cambio, y sufrimos heridas en la adaptación. Deseamos que las demás personas nos traten bien, pero no podemos controlarlas y aún tener relaciones vitales con ellas.

Las desilusiones no se pueden evitar.
La tristeza, entonces, nos conecta con el centro de nuestra vulnerabilidad y con los apegos primarios que constituyen la trama de nuestra experiencia. Es una energía de descompresión, una tormenta que descarga la tensión y limpia el aire, una danza que disuelve, una vibración caótica en el nivel celular que produce una catarsis curativa imprescindible para la fluidez y la elasticidad del ser.

La tristeza es el medio transformador que nos permite ablandar nuestra rigidez y diluir nuestro anhelo de seguridad, estabilidad y garantías ante la inevitabilidad del cambio y la necesidad de crecimiento. El desafío consiste en aceptar nuestra ineludible vulnerabilidad y acoger la experiencia de tristeza cuando ésta llegue, como liberación necesaria para vivir saludablemente con el cambio.

Nunca deberíamos rebajar nuestras expectativas ni nuestras necesidades reales para escapar al dolor de no satisfacerlas; más bien deberíamos ir en busca de lo que queremos, lo que necesitamos, lo que realmente nos satisface, y, literal y figuradamente, cantar los blues* si no lo obtenemos.

Eludir la tristeza tiene como consecuencia una felicidad superficial, una especie de vida en un limbo de risas que enmascara una evidente corriente subterránea de depresión. Son muchas las vidas que sintonizan sólo esta emisora.

—La observación de Thoreau es más válida que nunca:
La mayoría de las personas llevan una vida de callada desesperación, es decir, vidas de miedos, iras y tristezas disfrazadas. Es la evitación de estas emociones lo que regresa para atormentar nuestras vidas, en especial la huida de la tristeza.

Como todo el mundo sabe, los niños lloran mucho. Van con toda resolución hacia algo, se encuentran con un obstáculo y lloran para protestar. La vida siempre se encarga de decepcionarlos y ellos no reprimen sus desdichas. Una vez que lloraron, ya está, no quedan rastros de depresión. Sin embargo, muy pronto se les enseña que el llanto y la tristeza no son buenos y deben evitarse en lo posible: -Vamos, no llores-, -¿Qué te pasa ahora?-, -No seas mariquita-, -No te hagas el bebito-.

Es muy fácil caer en la trampa de intentar
proteger a nuestros hijos de las decepciones inevitables.

—Recuerdo una noche en que llevé a mi hijo a un restaurante de Big Sur para que tomara el chocolate caliente que tanto le gustaba.
Cuando llegamos me dijeron que ya no les quedaba.
Me sentí dolida y ofendida.
Siempre tenían chocolate caliente, tenían que tener, a Jonathan le gustaba tanto, cómo no iba a tomar chocolate caliente esa noche.
Seguí insistiendo:
-¿no tienen algo de leche caliente y extracto de chocolate?
¿no les queda algún cacao instantáneo?-.

Los fastidié de todas las formas posibles a ver si encontraban algún modo de preparar el chocolate.
Jonathan observaba todo con alarma y vergüenza crecientes, hasta que me dijo:
-No te preocupes tanto, mamá. Sólo estoy decepcionado.

¿Cuánto nos protegemos a nosotros mismos y a nuestros
hijos de la desilusión, el dolor y la tristeza ?

En realidad no hacemos otra cosa que protegernos a nosotros y a ellos de los procesos saludables de la vida y, en todo caso, la protección nunca funciona.

Conozco a un empresario próspero de éxitos diarios en su trabajo, una familia fabulosa y que al parecer no se priva de ninguno de los placeres de la vida. Sin embargo, cada vez que me encuentro con él, una atmósfera de tristeza invade la habitación y un halo de pesadez lo envuelve. Parece chuparle la vida al aire.

La verdad es que vive con un miedo desesperado al fracaso, el dolor o la desilusión; erige una máscara de bienestar sin fisuras, que en realidad es una pesada cortina de depresión que tiñe todo lo que hace y convierte el oro de su vida en chatarra. El tiene miedo de admitir su sufrimiento ante sí mismo y ante los demás, porque hasta cierto punto sabe que todo su castillo de naipes se vendría abajo.

Si se permitiera llorar,
¿quién sabe qué compuertas se abrirían ?
Mientras tanto, las emociones contenidas estancan su vida.

A semejanza de este ejemplo, todos conocemos fiesteros y bromistas cuya constante búsqueda de diversión es una clarísima huida del tedio.

La tristeza señala la necesidad de soltar un apego.
Es un síntoma del corazón digno de atención.
Cuando aprendamos a cantar los blues de nuestra vida,
descubriremos pronto que expresar la tristeza siempre nos depara alegría.
Cuando la vida nos decepciona y marcha en contra de
nuestros más acariciados deseos,

la auténtica respuesta es la tristeza, cuya energía
limpiadora permite el libre flujo de los demás sentimientos.

 

Gabrielle Roth
El poder de amar

Artista-Tom-Barnes