La Ira

-La ira- es una reacción de protección de la
integridad ante la invasión de nuestras fronteras personales.
Es un -no- a un daño, a una violación.
Pone límites y levanta barricadas.

La ira cabal es filosa como un cuchillo.
Es rápida, clara y no necesita explicación.
Son los dientes que muestra la perra que defiende a sus cachorros,
el lomo arqueado y el siseo del gato amenazado por un perro.

No hay nada más limpio y efectivo que la ira auténtica, específica y justificada.
Su expresión franca pone al descubierto la incorrección y defiende la integridad en beneficio de todos.

-Yo solía guardar la ira bajo llave en mi interior.
Un día fui a ver a Kastafayet, una especie de gurú de las experiencias fuera del cuerpo.
Correspondía dirigirse a él diciéndole:

¿En qué puedo servirte?
Lo hice, y me respondió:
Necesitas enojarte con todo el mundo.
Sentí un escalofrío en la espalda.
Debe haber notado mi desorientación, porque agregó:
No te preocupes, mereces estar enojada con todo el mundo,
tras lo cual cerró los ojos y me despidió.

Me enfurecí. ¿Cómo se atrevía a decir que debería estar enojada
¿Qué quería decir con eso?
Cuando llegué a casa estaba tan furiosa que no podía mover el cuello.

Me sentía un leño ardiente.

Caminé por toda la casa golpeando los pies, hasta que construí una torre de almohadones y comencé a golpearlos con todas mis fuerzas. Arrodillada, levantando los brazos por encima de mi cabeza, aspirando grandes bocanadas de aire y soltándolo al estrellar mis manos contra los almohadones, desahogué mi furia una y otra vez hasta que caí al suelo agotada.

Continué así durante días. Parecía como si la ira me estuviese consumiendo, toda una vida de bronca acumulada derramándose. La ira se colaba en mi voz incluso cuando trataba de mostrarme tierna y afectuosa.

Empecé a practicar el enojo, diciendo y haciendo cosas que siempre había reprimido.
Dejé de preocuparme acerca de si lo que decía era apropiado o no.
Me sentía totalmente desequilibrada, poseída.
Escribí cartas furiosas que nunca envié.
Dancé y dancé, hasta que finalmente agradecí a este personaje misterioso
por instigarme a desahogar mi ira acumulada.
Fue un punto de inflexión en mi vida.
Y comprendí que lo que me quería decir no era que todo el mundo merecía mi enojo,
sino que necesitaba expresar la ira que había almacenado en mi interior.

La ira internalizada y contenida es pandémica en nuestra sociedad y sus consecuencias son la catastrófica violencia doméstica, los crímenes, toda clase de agresión gratuita, la guerra a todo nivel y la destructividad desesperada.

La ira es la emoción menos permitida,
la más desaprobada en nuestra sociedad, y por lo tanto la más reprimida.

Los signos corporales que reflejan ira reprimida son visibles en todas partes:
-Mandíbulas apretadas, puños cerrados, espaldas rígidas, barbillas prominentes, voces elevadas, ojos desafiantes.

Las malas semillas de la ira contenida eclosionan todos los días de mil maneras,
destructivas para uno mismo y para los demás.

Si tan sólo aprendiéramos a enojarnos correctamente en el momento oportuno, protegiendo nuestro territorio personal de las verdaderas invasiones, la ira se convertiría en una reacción adecuada, una resolución justa de los desafíos, un tratamiento sin efectos colaterales negativos, en vez de una enfermedad crónica cuya impotencia acaba en destrucción.

La auténtica liberación de la ira suele conducir a un sentimiento de compasión, porque pasamos del enojo ante la violación a una valoración comprensiva de las causas que llevaron a la otra persona a invadir fronteras.

— La propia ira puede ser una forma oportuna de compasión —

 

Gabrielle Roth
El poder de amar

Artista-Tom-Barnes