AYÚDEME Dr: -Mi mano tiembla


Ayúdeme doctor…

Mi mano tiembla…!

Justo en ese momento, que el movimiento se ha desarrollado como de costumbre, descubrimos con preocupación que: ¡la mano tiembla.!

Hay un momento en el que se confabulan las circunstancias adversas, se acumulan las preocupaciones y las exigencias no dejan de aumentar. Nuestra sistema nervioso se fuerza  más allá de nuestras posibilidades (quizá las hemos sobrestimado). Es este contexto se nos presenta una situación social en la que nuestra mano ha de estar expuesta a la vista, como al hacer un pago, firmar un recibo o simplemente sostener una taza de café.

A la sorpresa que se produce, se suma la inoportunidad del momento, ya que personas ante las que deseamos parecer competentes pueden observar el detalle, clavar ahí la vista en ese temblor que hace descubrir, no se sabe qué vergonzosa debilidad imperdonable.

Si se tratara de un temblor circunstancial, de uno que por cierto pudiéramos -PARAR- con una simple deseo enérgico de que se detuviera, no nos espantaríamos tanto, como si lo que descubrimos es una mano rebelde, que no cesa de temblar a pesar de nuestros esfuerzos.

La misma visión alarmista de esta circunstancia anómala, genera más ansiedad incluso que la inicial que desencadenó el malévolo fenómeno.

Es más, parece tan déspota y terrorista el impertinente movimiento involuntario, que contra más impaciencia, deseo imperativo y circunstancia embarazosa se presentan, tanto más se obstina en derrotarnos hasta la insoportable humillación -(podría incluso no cesar ni retirando la mano a otra posición de reposo – a no ser que la hurtemos finalmente a toda observación pública)-.

Sucede algo tan curioso como si al preguntarnos alguien si hemos robado un objeto, al contestar que -no- hemos sido nosotros, nos temblara la voz de tal modo que se creara la falsa sospecha de que somos los autores.

Esto es, además de la simple tensión física, se agolpa en nosotros -una aguda necesidad de parecer adecuados-, una preocupación extra que posiblemente delate nuestra propia incredulidad sobre si realmente ya hemos conseguido llegar a la altura de lo que se espera de nosotros, un temor de que se produzca justo lo contrario que pretendemos precisamente por nuestro exceso de celo en aparecer libres de sospecha.

La experiencia de un incidente de la naturaleza que venimos describiendo, equivale a que hubieran robado en nuestra casa y que se hubiera roto nuestra ingenua suposición de que estamos a salvo en ella. -Ha sucedido esa extraña vibración muscular- que como el zumbido de un abejorro nos ronda y nos hace recelar de su reaparición intrusa.

-Y efectivamente, la repetición es como una sentencia: !te pasa algo!.- Pero ese algo es un enigma inexplicable -(sólo me tiembla la mano cuando sostengo un vaso de cerveza con mis amigos, firmo un documento ante un cliente importante, por ejemplo)- lo que imposibilita que tenga un problema de carácter neurológico con el que podría confundirse por similitud de síntomas (ya que la diferencia está en que una verdadera enfermedad neurológica aparecería en CUALQUIER momento, no sólo en los que nosotros tenemos miedo que aparezca, y por ende surge precisamente provocado por nuestro propio miedo.

La creencia en que -me pasa algo raro-, se contempla tal como uno recibe un pisotón y es víctima inocente de esa desconsideración. Si además la persona ha acudido al médico para descartar el diagnóstico temible de Parkinson, ya tenemos la ceremonia de la confusión al completo:

No me pasada nada, pero me pasa algo..
sólo en determinadas ocasiones,
pero parece una enfermedad después de todo..
¡ Qué razón tengo en que me sucede algo extraño.!

El convencimiento, desgraciadamente confirmado, de que tiemblo lleva a que creer que -temblaré -SIEMPRE-, no es lo que deseo, pero temo que es lo que ocurrirá-, (consideramos). Y ya que no confiamos en la reparación espontánea, nos adaptamos con resignación al problema crónico, tomando las medidas que parecen más convenientes:

1.- Retrasar, delegar o manipular los momentos en los que se ha de realizar una firma.
2.- Evitar escribir delante de otras personas.
3.- Evitar tener cosas entre las manos que puedan dar problemas (por ejemplo con un vaso lleno podría derramarse líquido si temblamos)
4.- Disimulos (pretextar no tener sed pero no tener que coger el vaso, ponerse en una esquina para pasar desapercibidos, pretextar cansancio para disculparse por rehuir encuentros sociales).

En estos ejemplos de conductas -evitativas- o de -control inadecuado-, vemos que la persona, al adoptar medidas extraordinarias, disminuye su confianza en las propias habilidades, refuerza su idea de no poder. Y más elude exponer el pulso de su mano, más admite y se persuade de la incapacidad de controlarlo.

Aunque le gustaría -MUCHO- poder controlar la mano, lo cierto es que su fundamentalismo fanático apunta en la dirección adversa, convenciéndole de que -NADA- puede hacer (salvo beber unas copas para coger valor y desinhibirse, lo cual no es precisamente una buena idea como remedio) o recurrir a fármacos tranquilizantes.

Ya que estamos insinuando que estamos ante una -FALACIA DE IMPOTENCIA-, sería justo que indiquemos exactamente que puede hacer el tembloroso para recuperar su mano descarriada.

  • No hacerse -películas de terror- visionando las escenas más desagradables -ANTES DE TIEMPO-. Esta conducta sólo crea suspenso indeseable e induce la imagen de víctima impotente en vez de ayudar a coger valor.

  • No hacer maniobras de ningún tipo para evitar, retrasar o facilitar las situaciones temidas. Es mucho mejor, más que huir, buscar alternativas o conductas nuevas que sean realmente más eficaces para domesticar al miedo,(tales aumentar más nuestra implicación en la conversación,  bromear, hacer comentarios para descentrar nuestra atención y la del interlocutor, etc.)-

  • Diagnosticar las veces que sea necesario con la etiqueta correcta -TENGO MIEDO- en vez de -tiembla mi mano-. Este detalle semántico tiene más relevancia terapéutica de lo que parece.

  • Trazar un movimiento suave, cogiendo la pluma, por ejemplo, con dulzura, con una presión muy suelta y encontrar un ritmo particularmente agradable para firmar como si estuviésemos creando una obra de arte para la posteridad. -En el caso del vaso o de la taza de café, esta recomendación podría equivaler a coger la taza sin mucha fuerza, evitando quedar en posición rígida y fija (tensionar los músculos es lo contrario de relajarlos)-. Mover la taza delicadamente, para evitar estar demasiado tiempo en una posición. Se puede jugar de forma entretenida con los movimientos como una forma de quitarle a la mano el aire de instrumento -siniestro de tortura-.

  • Da muy buenos resultados interrelacionar mientras hacemos los movimientos temidos -(diciendo por ejemplo me gusta como ha quedado el documento, espero esté satisfecho..,-  -eso que dices me recuerda una anécdota que me paso ayer…)-. Además de hablar conviene mirar a los ojos ya que no mirar, aumenta el embarazo de la situación, y si en cambio hacemos un seguimiento de la cara y expresión de las personas supuestamente censuradoras, podemos observar con un poco de suerte -y esfuerzo seductor por nuestra parte- simpatía tranquilizadora en vez de censura y despreciable asombro.

  • Una respiración profunda y la consigna de -aflojar los músculos-, ayuda a coger un camino llano en vez del accidentado. La relajación muscular debe prestar atención a descongestionar los músculos de la cara, hombros, pectorales, manos y pies. Si nuestro temblor se ha disparado antes de tiempo, podemos -apretar y soltar el puño- para encontrar de una forma más segura, cual es la diferencia entre tensión y relajación.

  • -HACER ALGO normal con suavidad- (atarse los zapatos, colocar unos lápices, abrir una carpeta para tomar apuntes, o una reunión social coger una servilleta, dar un toquecito amistoso en el hombro a un conocido). Procurar que los movimientos -distractores- se acerquen más a la cámara lenta que a la velocidad del rayo.

  • Mantener la mirada y prestar atención directa a los otros como si estuviera interesando enormemente lo que dicen. Procurar centrar la atención en los asuntos tratados reforzándola con preguntas pescadas en nuestro interior gracias al cebo de un guión como: ¿-qué me parece lo que dice ? ¿que es lo más discutible?, ¿qué es lo primero que asocio a este comentario?…

  • Perseverar (una vez es jugarse todo a una carta, en cambio, si probamos 10 veces puede que descubramos que en 2 fracasamos pero en 8 no lo cual, aunque parezca increíble, es una buena noticia.

  • -No recurrir al alcohol pora solucionar el problema-. Aunque en un primer momento parezca ayudarnos, a largo plazo puede ser contraproducente por el efecto depresógeno, que también tiene abusar del alcohol y porque pronto descubriremos que el miedo puede crecer más para vencer la triquiñuela.

  • Mejorar nuestra asertividad, espontaneidad y auto-promoción para lograr un enfoque distinto a nuestras acciones -(lograr que no parezcamos delincuentes ante un tribunal)-.

  • Expresarnos de una forma más atrevida -(en vez de una apocada o acomplejada)- ante las personas que más nos impresionan (que coinciden con las que nuestra mano se conmueve). La palabra y el humor son excelentes antídotos del miedo.

  • Buscar asesoramiento personalizado de un psicólogo para aumentar los recursos de control emocional, conocer mejor los puntos débiles, al menos los implicados en el problema. Es especialmente indicado recurrir al psicólogo si los temores están interfiriendo seriamente el desempeño laboral o social.

Asistencia Psicológica Ramon Llull
José Luis Catalán Bitián 2001-03-05
Artista-Candice Bohannon Reyes