El Miedo

-El miedo- es una emoción vital y útil,
nos pone en estado de alerta, cataliza nuestras sensaciones y
aumenta nuestra conciencia ante el peligro.

El miedo es un amigo, el radar de nuestro viaje por la vida,
un instinto básico de la supervivencia humana física,
psicológica y espiritual.

Necesitamos un agudo sentido de lo que amenaza nuestro bienestar. Antenas sensibles y bien sintonizadas a las señales de peligro nos permiten ubicar y enfrentar las amenazas en el momento en que éstas ocurren. El miedo nos enseña a prestar atención a lo que sucede, y un sentido del temor bien calibrado nos mantiene en equilibrio dinámico en un mundo inevitablemente inseguro e imprevisible.

Las señales de peligro se amortiguan cuando generamos pautas de supresión y negación de nuestros miedos. Al no prestar atención a los signos específicos del miedo, esa energía se difumina en una paranoia generalizada, una leve fiebre de alarma perpetua que impregna nuestra vida.

En mi trabajo, he descubierto que prácticamente todo el mundo está atrapado por el miedo: a perder su empleo, su amante, su vida; miedo al éxito, a ser demasiado feliz, a la verdad, a sentir, a moverse o a cambiar.

A medida que nos sensibilizamos al juego de las energías emocionales, podemos ver (y sentir) de qué manera el miedo no liberado nos aprieta la garganta, el cuello y la zona inferior de la espalda, nos levanta los hombros, nos tensa la mandíbula y contrae el ceño, inmoviliza la pelvis y traba las rodillas.

El miedo estampa su firma por todo el cuerpo, pero nos hemos acostumbrado tanto a él que nos hemos insensibilizado al mensaje claro y fuerte de nuestro lenguaje corporal. Este miedo generalizado se agrava solo, paraliza nuestra energía vital y agarrota nuestros sentimientos.

Nos asusta tanto lo que podemos perder,
estamos tan dolorosamente apegados a lo que tenemos,
que nos congelamos en una muerte en vida para protegemos
del dolor de la vida real.

Por aferramos a la vida tal cual la tenemos,
nos negamos un presente y un futuro vibrantes.

Lo que necesitamos es liberamos de nuestras antiguas y difusas ansiedades bloqueadas para ser capaces de temer a lo que realmente amenace nuestro bienestar.

Recuerdo un ejemplo muy elocuente de miedo que aprisiona la vida y finalmente es liberado:
A uno de mis talleres en Esalen asistió un hombre que podía hablar pero era incapaz de emitir sonido natural alguno. Se bloqueaba y permanecía en silencio cuando el resto del grupo gemía, gruñía, gritaba y zumbaba.

Un día, mientras le daba un masaje, al trabajar para aliviar la tensión de su cuerpo, noté una enorme cicatriz cerca de su ingle, que latía con fuerza. Apoyé mi mano sobre la cicatriz y le pedí que dirigiera su respiración hacia mi palma.

Lo hizo. De pronto echó la cabeza hacia atrás y soltó un alarido que nos heló la sangre. Otras personas acudieron corriendo de todas partes y se quedaron atónitas. Tras ese grito espeluznante, perdió el conocimiento.

Los presentes debieron pensar que había muerto, pero yo lo sentía respirar. Lo cubrí para mantenerlo abrigado y me quedé a su lado vigilante.

Cuando volvió en sí, la sensación pulsante había desaparecido.
Me contó que ese latido no había cesado en los últimos cinco años, desde que estuvo en Vietnam:
-Le habían clavado una bayoneta en la ingle, había visto venir el golpe, quedó paralizado de terror y no pudo gritar.

Los buenos soldados no chillan-.

Acabó llevando consigo ese grito ahogado por años, un aullido de terror latente por dentro que había congelado no sólo su voz sino todas sus emociones.

No debemos tenerle miedo al miedo.
No debemos avergonzarnos de nuestros miedos ni paralizarnos por su causa. Necesitamos brindarles atención y expresión adecuadas a medida que surgen, pues entonces liberaremos esa energía en forma correcta.

Trabajo mucho con actores, en quienes, naturalmente, el miedo es un factor constante:
-el susto previo a salir a escena y la ansiedad por actuar bien y recordar el guión son perfectamente razonables-.

Pero lo que hace un buen actor es transformar ese miedo en un compañero dinámico y natural; la excitación y la energía resultantes infunden a la actuación un halo de riesgo, de aventura, de danza en los límites. El miedo correctamente canalizado produce una entrega y compromiso bien despiertos.

 

Artista-Izabela Krzyszkowska