145. El árbol que no sabía quien era


El mayor generador de conflictos,
tanto internos como externos, es nuestra adicción a interpretar
y evaluar todos y cada momento de nuestra experiencia.

Cuando juzgamos y evaluamos continuamente, nos separamos de lo que está sucediendo. Sentimos una cierta distancia de nuestra experiencia, porque ahora nos hemos convertido en el evaluador del momento y ya no estamos en unidad con el flujo de la existencia y de la vida.

Entonces nos encontramos a nosotros mismos actuando como comentarista deportivo para nuestra propia vida – haciendo comentarios sin estar realmente en el juego. Cuando juzgamos, nos movemos a un segundo plano de nuestra propia existencia.

“A medida que empezamos a conocer a la vida como es y no como creemos que debería ser, como nos desprendemos de nuestra necesidad de controlar y continuamente interpretar nuestra experiencia, empezamos a abrir a la vida en una forma completamente nueva. Llegamos a ser profundamente enraizados en silencio. La naturaleza de este silencio es la ausencia de conflicto con la vida, y cuanto más nos abrimos a este estado de no conflicto, a este estado de quietud interior, empezamos a caer en la gracia de una dimensión diferente de ser – una dimensión arraigada en una profunda intimidad con nuestra propia vida y con la misma existencia ”.

¿Sigues tus sueños o tratas de
responder a las expectativa de los demás?

Había una vez, un hermoso jardín con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales. Todos estaban satisfechos y eran felices.

Sin embargo, no todo era alegría en el jardín pues había un árbol profundamente triste porque no sabía quién era.

El manzano le decía que le faltaba concentración:

– Si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas.
¿Ves qué fácil es?

– No lo escuches – le decía el rosal. Es más sencillo tener rosas.
¿Ves qué bellas son?

El árbol intentaba todo lo que le sugerían y como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado.

Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol exclamó:

-No te preocupes, tu problema no es tan grave. Lo tienen muchísimos seres sobre la Tierra. Yo te daré la solución:

No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas…
Sé tú mismo, conócete y para lograrlo, escucha tu voz interior.

Dicho esto, el búho desapareció.

¿Mi voz interior? ¿Ser yo mismo? ¿Conocerme? Se preguntaba el árbol. Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón y, por fin, pudo escuchar su voz interior diciéndole:

– Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble y tu destino es crecer grande y majestuoso, dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje… Tienes una misión. Cúmplela.

El árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado.

Así, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos.

Entonces, el jardín fue completamente feliz.

En la vida todos tenemos un destino que cumplir, sé como el roble: escucha tu voz interior y no permitas que nada ni nadie te impida conocer y compartir la maravillosa esencia de tu ser.

 

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