85. El cuento de las arenas

Cuento:

– El cuento de las arenas –

—Un río, desde sus orígenes en lejanas montañas,
después de pasar a través de toda clase y trazado de campiñas,
al fin alcanzó las arenas del desierto.

Del mismo modo que había sorteado todos
los otros obstáculos, el río trató de atravesar este último,
pero se dio cuenta de que sus aguas
desaparecían en las arenas tan pronto llegaba a éstas.

Estaba convencido, no obstante, de que su destino era cruzar este desierto y sin embargo, no había manera.

Entonces una recóndita voz,
que venía desde el desierto mismo le susurró:

-el Viento cruza el desierto y así puede hacerlo el río-

El río objetó que se estaba estrellando contra las arenas y solamente conseguía ser absorbido, que el viento podía volar y ésa era la razón por la cual podía cruzar el desierto.

La voz dijo:
—Arrojándote con violencia como
lo vienes haciendo no lograrás cruzarlo.

Desaparecerás o te convertirás en un pantano.
Debes permitir que el viento te lleve hacia tu destino.

–¿Pero cómo esto podrá suceder?
(respondió el río).

La voz respondió:
—Consintiendo en ser absorbido por el viento.

Esta idea no era aceptable para el río.
Después de todo él nunca había sido absorbido antes.
No quería perder su individualidad.
¿Y, una vez perdida ésta, cómo
puede uno saber si podrá recuperarla alguna vez?

El viento, dijeron las arenas,
-cumple esa función.
—Eleva el agua, la transporta sobre el
desierto y luego la deja caer.
Cayendo como lluvia, el agua nuevamente se vuelve río.

¿Cómo puedo saber que esto es verdad?,
replicó el río.

-Así es, y si tú no lo crees,
no te volverás más que un pantano y aún eso tomaría
muchos, pero muchos años; y un pantano,
ciertamente no es la misma cosa que un río-,
contestaron las arenas..!

¿Pero no puedo seguir siendo
el mismo río que ahora soy?  dijo el río.

Tú no puedes en ningún caso permanecer así-
continuó la voz..

-Tu parte esencial es
transportada y forma un río nuevamente.

Eres llamado así, aún hoy,
porque no sabes qué parte tuya es la esencial.

Cuando oyó esto, ciertos ecos comenzaron a resonar
en los pensamientos del río.

Vagamente, recordó un estado en el cual él, o una parte de él,
¿cuál sería?,  había sido transportado
en los brazos del viento.

También recordó –¿o le pareció?– que eso era lo que realmente debía hacer, aún cuando no fuera lo más obvio.

cuento de las arenas12Y el río elevó sus vapores en los acogedores
brazos del viento, que gentil y fácilmente lo llevó hacia
arriba y a lo lejos, dejándolo caer suavemente
tan pronto hubieron alcanzado la cima de una montaña,
muchas pero muchas millas más lejos.

Y porque había tenido sus dudas, el río
pudo recordar y registrar más firmemente en su mente,
los detalles de la experiencia.

 Reflexionó:
Sí, ahora conozco mi verdadera identidad.!

El río estaba aprendiendo, pero
las arenas susurraron:

Nosotras conocemos, porque vemos suceder esto
día tras día, y porque nosotras las arenas, nos extendemos
por todo el camino que va desde las orillas del río,
hasta la montaña.

Y es por eso que se dice,
que el  camino en el cual el Río de la Vida
ha de continuar su travesía, está
escrito en las Arenas.

—/—

Nuestras creencias o certezas, articuladas y manifestadas a través del Verbo, crean nuestra realidad.

Tal instrucción capital junto a otras, formarían parte de una única y original enseñanza, impartida desde tiempos remotos en muy diversos grupos, culturas y civilizaciones, a lo largo y ancho del planeta.

cuento de las arenas10La información verdaderamente decisiva en todo este proceso, no es otra, que la relativa a la auténtica naturaleza y dinámica de la realidad y del ser humano, un campo fundamental donde Ciencia y Espíritu antaño enemigos irreconciliables, están irremediablemente abocados a entenderse, a integrarse y sistematizarse.

La auténtica y duradera paz deviene naturalmente con la integración, aceptación, reconciliación y comprensión íntima de todo lo que somos, sin luchas, resistencias, repulsiones ni juicios (lo cual no significa permitir o consentir el abuso o la agresión, sino verlo desde una perspectiva más elevada, como experiencias que tienen su razón de ser y su sentido de aprendizaje o superación en nuestra vida, para así lidiar y trabajar sabiamente sobre ellas sin que ellas nos desequilibren, condicionen o afecten nuestra salud).

—/—

Nota: Esta hermosa historia es corriente en la tradición verbal de
muchas lenguas, circulando casi siempre entre los derviches y sus discípulos.

Fue transcrita en la obra -La Rosa Mística del Jardín del Rey-
de Sir Fairfax Cartwright,

publicada en Gran Bretaña en 1899.
La presente  versión es de Awad Afifi el Tunecino.

Artista-Igor Maykov
Artista-snowskadi
Artista-aaronchang
Artista-Claudia Tremblay

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