123. La domesticación del ser humano 1a. parte

— La domesticación y el sueño del planeta —

(Primera Parte)

Lo que ves y escuchas ahora mismo no es mas que un sueño.
En este mismo momento estás soñando.
-Sueñas con el cerebro despierto-

Soñar es la función principal
de la mente, y la mente sueña veinticuatro horas al día.
Sueña cuando el cerebro está despierto y también cuando está dormido.

La diferencia estriba en que, cuando el cerebro está despierto,
hay un marco material que nos hace percibir las cosas de una forma lineal.
Cuando dormimos no tenemos
ese marco, y el sueño tiende a cambiar constantemente.
Los seres humanos soñamos todo el tiempo.

Antes de que naciésemos, aquellos que nos precedieron crearon un enorme
-Sueño externo- que llamaremos
-El sueño de la sociedad o El sueño del planeta-

-El sueño del planeta- es el sueño colectivo hecho de miles de millones de sueños más pequeños, de sueños personales que, unidos, crean un sueño de una familia, un sueño de una comunidad, un sueño de una ciudad, un sueño de un país, y finalmente, un sueño de toda la humanidad.

El sueño del planeta incluye todas las reglas de la sociedad, sus creencias, sus leyes, sus religiones, sus diferentes culturas y maneras de ser, sus gobiernos, sus escuelas, sus acontecimientos sociales y sus celebraciones.

-Nacemos con la capacidad de aprender a soñar-, y los seres humanos que nos preceden nos enseñan a soñar de la forma en que lo hace la sociedad. El sueño externo tiene tantas reglas que, cuando nace un niño, captamos su atención para introducir estas reglas en su mente, (la domesticamos).

El sueño externo utiliza a mamá y papá,
la escuela y la religión para enseñarnos a soñar.

-Los adultos que nos rodeaban captaron nuestra atención- y, por medio de la repetición, introdujeron información en nuestra mente. Así es como aprendimos todo lo que sabemos. Utilizando nuestra atención aprendimos una realidad completa, un sueño completo.

-Aprendimos cómo comportarnos en sociedad:, qué creer y qué no creer; qué es aceptable y qué no lo es; qué es bueno y qué es malo; qué es bello y qué es feo; qué es correcto y qué es incorrecto-. Ya estaba todo allí. Todo el conocimiento, todos los conceptos y todas las reglas sobre la manera de comportarse en el mundo.

Cuando íbamos al colegio, nos sentábamos en una silla pequeña y prestábamos atención a lo que el maestro nos enseñaba. Cuando íbamos a la iglesia, prestábamos atención a lo que el sacerdote o el pastor nos decía. La misma dinámica funcionaba con mamá y papá, y con nuestros hermanos y hermanas.

Todos intentaban captar nuestra atención. También aprendimos a captar la atención de otros seres humanos y desarrollamos una necesidad de atención que siempre acaba siendo muy competitiva.

-Los niños compiten por la atención de sus padres,
sus profesores, sus amigos-:
¡Mírame.!   ¡Mira lo que hago.. !    ¡Eh, que estoy aquí..!
La necesidad de atención se vuelve muy
fuerte y continúa en la edad adulta.

-El sueño externo capta nuestra atención y nos enseña qué creer-, empezando por la lengua que hablamos. El lenguaje es el código que utilizamos los seres humanos para comprendernos y comunicarnos. -Cada letra, cada palabra de cada lengua, es un acuerdo-.

-Tú no escogiste tu lengua, ni tu religión ni tus valores morales-: ya estaban ahí antes de que nacieras. Nunca tuvimos la oportunidad de elegir qué creer y qué no creer. Nunca escogimos ni el más insignificante de estos -acuerdos-. -Ni siquiera elegimos nuestro propio nombre-.

-De niños no tuvimos la oportunidad de escoger nuestras creencias-, pero estuvimos de -acuerdo- con la información que otros seres humanos nos transmitieron del sueño del planeta.

-La única forma de almacenar información es por acuerdo-
Tan pronto como estamos de acuerdo con algo, nos lo creemos,
y a eso lo llamamos -fe-
— Tener fe es creer incondicionalmente —

Así es como aprendimos cuando éramos niños. Los niños creen todo lo que dicen los adultos. Estábamos de acuerdo con ellos, y nuestra fe era tan fuerte, que el sistema de creencias que se nos había transmitido controlaba totalmente el sueño de nuestra vida. No escogimos estas creencias, y aunque quizá nos rebelamos contra ellas, no éramos lo bastante fuertes para que nuestra rebelión triunfase. El resultado es que nos rendimos a las creencias mediante nuestro -acuerdo-.

Llamamos a este proceso -la domesticación de los seres humanos-
A través de esta domesticación aprendemos a vivir y a soñar.

-En la domesticación humana, en primer lugar, al niño se le enseña el nombre de las cosas-: mamá, papá, leche, botella… Día a día, en casa, en la escuela, en la iglesia y desde la televisión, nos dicen cómo hemos de vivir, qué tipo de comportamiento es aceptable. El sueño externo nos enseña cómo ser seres humanos. Tenemos todo un concepto de lo que es una -mujer- y de lo que es un -hombre-. Y también aprendemos a juzgar:

Nos juzgamos a nosotros mismos,
juzgamos a otras personas y juzgamos a nuestros vecinos..

Domesticamos a los niños de la misma manera en que domesticamos a un perro, un gato o cualquier otro animal. Para enseñar a un perro, lo castigamos y lo recompensamos. Adiestramos a nuestros niños, a quienes tanto queremos, de la misma forma en que adiestramos a cualquier animal doméstico: con un sistema de premios y castigos. Nos decían: -Eres un niño bueno-, o: -Eres una niña buena-, cuando hacíamos lo que mamá y papá querían que hiciéramos. Cuando no lo hacíamos, éramos -una niña mala- o -un niño malo-.

Cuando no acatábamos las reglas, nos castigaban; cuando las cumplíamos, nos premiaban. Nos castigaban y nos premiaban muchas veces al día. Con el tiempo desarrollamos la necesidad de captar la atención de los demás para conseguir nuestra recompensa.

Cuando recibíamos el premio nos sentíamos bien, y por ello, continuamos haciendo lo que los demás querían que hiciéramos. Debido a ese miedo a ser castigados y a no recibir la recompensa, empezamos a fingir que -éramos lo que no éramos-, con el único fin de complacer a los demás. Empezamos a actuar para intentar complacer a mamá y a papá, a los profesores y a la iglesia.

-Fingimos ser lo que no éramos porque nos daba miedo que nos rechazaran-. El miedo a ser rechazados se convirtió en el miedo a no ser lo bastante buenos. Al final, acabamos siendo alguien que no éramos. -Nos convertimos en una copia de las creencias de mamá, las creencias de papá, las creencias de la sociedad y las creencias de la religión. Y en ese momento se creó nuestro sistema de creencias-.

En el proceso de domesticación,
perdimos todas nuestras tendencias naturales.
Queríamos ser nosotros mismos, pero éramos muy pequeños
y los adultos eran grandes y fuertes.


(ver mas: Segunda parte) »

Artista-Duma Arantes

 

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